2009
08.27

Esta es una traducción libre del texto “El Declive y Caída de la Universidad Británica”, cuyo original puedes encontrar aquí y que me parece interesante difundir, pues creo que la transformación que está sufriendo la Universidad Española va a ser muy parecida si no idéntica.

Por qué ya no soy profesor
O
El Declive y Caída de la Universidad Británica

© Dr Mark Tarver, 2007
Ars Programma and Lambda Associates

“Este año, 2007, marca el año en el que dejo de ejercer como profesor a tiempo completo en el Reino Unido, que creo que en EE.UU. se llama profesor numerario. Nunca me he enterado de si era, en términos estadounidenses, profesor asociado o adjunto. Pero realmente no importa, porque hoy ya no soy ninguno de ellos. Verás, simplemente me fui de mi trabajo. Y ésta es mi historia. Si hay algo importante en ella aparte de las aventuras y desventuras de un hombre, es porque mi historia es también la del declive y caída de la universidad británica y la corrupción de los ideales académicos. Por eso este escrito tiene dos títulos -uno personal y uno social. Esto ocurre porque tuve el privilegio de formar parte de un drama histórico. Como dirían en China, He vivido momentos interesantes.

Las universidades son instituciones extraordinarias. Son, de hecho, el último bastión medieval en medio de la sociedad moderna con excepción, quizás, de la iglesia. Al igual que las iglesias, atraen a cierto tipo de gente que no comparte los valores del mundo materialista. Las universidades más antiguas datan del siglo XI y XII -cientos de años antes de la invención de la imprenta. En una época donde los libros escaseaban, la comunicación era difícil y la gente que podía leer y escribir era casi tan rara como los libros, tenía sentido centralizar la adquisición y diseminación del conocimiento. Si querías aprender te dirigías hacia donde estaban los libros y la gente que podía leerlos, y eso suponía universidades grandes como la de París o la de Oxford. La comunicación escasa, materiales de lectura caros y el analfabetismo fueron las bases sobre las que se fundaron las universidades. Si hoy día tenemos comunicaciones excelentes, información online gratuita y alfabetización generalizada, también tenemos un entorno en el que las universidades están luchando por mantener su posición. Esto, por supuesto, no es casualidad.

Mi historia personal se entremezcla con la expansión del sistema universitario ocurrido en el Reino Unido de la posguerra. Nací doce años después de la 2ª Guerra Mundial, y tendría unos seis años cuando el gobierno británico emprendió uno de los más enriquecedores experimentos dedicados a expandir la educación superior, haciendo que fuera gratuito ir a la universidad para miles de personas comunes y corrientes. Esto generó, como consecuencia, miles de plazas de profesor. La siguiente década abarcó la edad de oro de la universidad; un hecho que era demasiado joven para apreciar como profesor y desconocido como estudiante. Pero así fue.

Mi única suerte fue ser lo suficientemente viejo para conocer el sistema tal y como existía cuando era estudiante y experimentar su decadencia y caída mientras fui profesor. Por supuesto, Internet puede haber supuesto un reto para el monopolio de las universidades, pero realmente todo el asunto empezó antes del comienzo de Internet. Empezó desde arriba, desde el gobierno, en un movimiento hacia la igualdad que asemeja al de la Revolución Cultural. Como la Revolución Cultural, terminó infligiendo miseria y degradando a todo el que participó.

Al igual que en la Revolución Cultural, las supuestas metas parecían nobles al principio. Vamos a expandir el acceso a la universidad y a aumentar la oferta a los estudiantes, argumentaron los ministros de educación, exijamos más responsabilidad a los profesores introduciendo algún tipo de evaluación de la enseñanza e investigación. Esto último funcionó muy bien con la población general, porque los profesores nunca habían sido tan bien recompensados por las masas. Las largas vacaciones y ratos libres de estudio a expensas del contribuyente resultaban chocantes para mucha gente que pensaba que los profesores debían estar más en contacto con el ‘mundo real’. Me dijeron eso a menudo cuando era estudiante, y, hasta donde pude averiguar, el ‘mundo real’ era cualquier cosa que pudieran ver desde el octavo piso de la oficina en la que trabajaba. La verdadera razón, sospeché, era que no se divertían demasiado con sus trabajos y en vez de optar por otra plaza o buscar un trabajo alternativo, se consolaban para sus adentros pensando que otro puñado de gente se veía forzada a trabajar bajo las mismas miserables condiciones que ellos. La otra cara de la igualdad es la envidia y hay mucha por ahí dando vueltas.

Pero el objetivo de facilitar el acceso a la educación es noble y muy en la linea de las motivaciones de los gobiernos Británicos de la posguerra. Una forma de llevarlo a cabo habría sido investigar por qué tan pocos estudiantes iban a la universidad, y, habiendo elaborado un cuidadoso análisis social, incrementar el porcentaje de matrículas mejorando las capacidades educativas del estudiante egresado medio. Por supuesto, ese es el camino difícil y original y lleva toda una generación. Una forma más fácil es rebajar el sistema educativo a un estándar más bajo y luego fijar los ingresos de la universidad al número de estudiantes aceptados mientras se reduce la financiación por persona. De esa manera, a las universidades se les da la feliz opción de perder dinero y reducir la plantilla (despidos forzosos) o rebajar sus requisitos y su nivel. No hay premio por adivinar qué decisión tomó el gobierno y cómo respondieron las universidades.

Fue en 1993 cuando experimenté estos cambios como profesor a tiempo completo. Se nos convocó para comunicarnos que la Escuela de Estudios Informáticos de Leed iba a adoptar a partir de ese momento una forma de graduación tipo buffet en la que los estudiantes escogían y mezclaban sus estudios de grado en vez del sistema de precios fijos que habíamos usado hasta entonces. Este nuevo sistema se llamó ‘modularización’ y representaba la maniobra deseada por el gobierno hacia la elección del estudiante.

Bajas inmediatas fueron algunas asignaturas informáticas tradicionales y difíciles como Complejidad Computacional o Diseño de Compiladores. ¿Por qué, esgrimieron los estudiantes, elegir estudiar una asignatura condenadamente difícil como Diseño de Compiladores, cuando puedes estudiar algo más novedoso como diseño web y sacar mejores notas? Así que esas viajas asignaturas “hard-core” empezaron a desaparecer. Peor aún, la Facultad (siguiendo la lógica del mercado), al haber visto que esas asignaturas difíciles no atraían a nadie, eliminó las mismas de la oferta curricular. Así que futuros estudiantes que fueran suficientemente brillantes para estudiar esas áreas nunca tendrían la oportunidad de hacerlo.

Tras unos pocos años con este sistema, los resultados llegaron a mi despacho. Podía verlos en el salón de grados, pero la procesión de estudiantes que entraban en mi despacho y decían “Dr. Tarver, necesito hacer un proyecto de fin de carrera, pero no sé programar nada”… bueno, fueron más de los que puedo o quisiera recordar. Y la cosa era que la facultad no estaba en posición de suspender a esos estudiantes porque, evidentemente, necesitábamos el dinero y si no lo cogíamos lo harían otros. Por tanto, suspender estudiantes estaba muy mal visto. Con los estándares de antes de 1990, cerca del 20% de los estudiantes habrían suspendido.

Sin embargo, hay muchas formas de sortear este pequeño problema. Una de ellas es falsificar o adulterar las notas, solo que no se llama “adulterar”, se llama “escalar” y se hace por ordenador. Se reajustan las notas hasta que se obtenga una bonita distribución binomial de suspensos y sobresalientes. Puedes convertir un suspenso en “notable” con el reajuste. Probablemente quieras ser generoso no sea que los estudiantes del año que viene no quieran elegir tu curso, con lo que este se cerrará y acabaras enseñando Word para Windows. El reajuste es universal y nadie salvo los auditores externos (que fueron profesores que se hicieron el reajuste a sí mismos) tienen que ver nada salvo las notas finales ya aumentadas.

Graduar a estudiantes informáticamente analfabetos que tienen que hacer un proyecto en ciencias de la computación era un dolor de cabeza. La solución fue darles algún título anodino que pudieran copiar de otras fuentes. Era mejor no examinar detenidamente estos esfuerzos “Frenkensteinianos” porque de otro modo verías los puntos de sutura donde cortaron y pegaron el texto aunque probablemente no fueras capaz averiguar de dónde salió aunque les aplicases corriente eléctrica para que dijeran la verdad. Era, por supuesto, una mentira, pero el coste de señalarla probablemente traería más ramificaciones más allá del caso individual. Muy pocos profesores querrían remover ese avispero o tenían el coraje necesario para avergonzar a un estudiante cuyo principal fallo fue dejarle estudiar un grado para el que tenía pocas capacidades o ninguna.

Tras siete años en el nuevo régimen, tuve la oportunidad de comparar la clase de 1999 con la de 1992. En 1992 impartí un curso de Inteligencia Artificial en el que se pedía a los estudiantes que resolvieran seis ejercicios, incluyendo construir un intérprete de Prolog. En 1999, los seis ejercicios se redujeron a uno; que era un programa en Prolog de 12 lineas para el cual se le daban 8 semanas a los estudiantes para que lo escribieran. A los estudiantes se les ofrecía una clase especial para que aprendieran esto y muchos asistieron, incluyendo estudiantes que habían asistido a un curso que contenía programación lógica en el periodo anterior. Fue una batalla intentar que los estudiantes lo hicieran, y no menos fue el que dos profesores adjuntos criticaran el ejercicio como muy difícil para los estudiantes. Mi doctorando brasileño, que llevaba a varios de estos estudiantes, me dijo que el nivel de algunos de nuestros alumnos británicos de último año era más bajo que el nivel de primer curso de los brasileños.

Además de esto, había un enorme archivo de auditorías de docencia denominadas Evaluación de la Calidad de la Enseñanza. Estas auditorías se diseñaron para satisfacer la exigencia de responsabilidad de los profesores mostrando una prueba tangible de que estaban haciendo su trabajo y (en otra revisión) su investigación. En medio de este escenario bien podrías estarte preguntando cómo es posible que este estrepitoso declive de los estándares siga oculto. La respuesta corta es que, los auditores externos, siendo profesores, conocen bien las presiones que estamos soportando porque ellos tuvieron que soportar las mismas en su momento. Rara vez miran más allá del papeleo burocrático y el truco era darles toneladas de él. Lo importante era que este papeleo administrativo tenía que rellenarse correctamente y las supuestas medidas tenían que verse en él. Los alumnos del viejo sistema estalinista conocerán las técnicas. Las cifras muestran otro triunfo conseguido por encima de los objetivos marcados para ese lustro mientras la gente de a pie se muere de hambre en los campos.

La docencia no era el único criterio de evaluación. La investigación era otro y, de cara a ascender en tu carrera, más importante. Siendo la docencia cada vez más decadente, la investigación era a la vez una válvula de escape y un medio de asegurarse un ascenso. Los mandamases a cargo de la educación decretaron que la investigación debería ser evaluada, y eso implicaba cuantificar cosas. Qué cosas medir y cómo hacerlo no estaba claro, pero la actitud general fue que cuanto más escribías, mejor eras. Así que el profesorado universitario comenzó a garabatear frenéticamente, produciendo un artículo tras otro como una granja de gallinas ponedoras haciendo horas extra, lo que supuso incluso un agobio creciente para los bibliotecarios que tenían que buscarles sitio. Florecieron nuevas publicaciones y conferencias y éstas últimas se pasaron a ser un medio de autopromoción. Poco importaba si tu trabajo sólo lo leían tus colegas y tú. Ahí estaba y eso bastaba.

Hoy día, esta ideología predomina en todo el mundo, incluso en EE.UU. Puedes encontrar bastantes profesores con más de un centenar de artículos publicados y maravillarte ante estos paradigmas de creatividad humana. Esta gente, pensarás, se equiparan con Mozart que escribió cientos de piezas de música o más. Y luego te quedas perplejo al ver que, en el mundo moderno, debe de haber muchos Mozarts – casi uno por cada departamento.

La verdad más evidente emerge cuando examinas los títulos de estas superproducciones. Primero, el autor rara vez aparece solo, sino que comparte el encabezado con otros dos o tres. A menudo los colaboradores son estudiantes de doctorado que, de forma rutinaria, están haciendo la mayoría del trabajo sucio trabajando en alguna beca de mala muerte con la esperanza de trepar por este poste grasiento. Si dividimos el número de títulos por la contribución real del autor probablemente se reduzcan esos cientos de artículos a veinticinco. Luego mirando los títulos en sí, verás que muchos de ellos tienen un parecido más que razonable entre sí. Uno dice “Análisis de mallas adaptativo” y el otro “Un algoritmo adaptativo para análisis de mallas”. Dividiendo el resto total por la media de repeticiones, reduce nuevamente la lista a la mitad. Morzart desaparece ante tus ojos.

Pero el último criterio a menudo es el más duro. ¿El artículo es importante? ¿Es algo que la gente volverá mirar y decir ‘Fue un hito’?. Aplicar este criterio requiere perspectiva histórica – cosa que no es fácil. Pero cuando se aplica, muy a menudo la lista de cientos de artículos desaparece al completo. Puestas al calor de la investigación forense, esta lista finalmente se evapora y lo que te queda es el conjunto vacío.

En realidad no es nada sorprendente, porque artículos que hayan marcado un hito en una disciplina hay pocos y muy espaciados en el tiempo. Los genios como Mozart son muy escasos y valiosos, pero sus equivalentes Mozarts académicos son muy abundantes y una de las causas que contribuyen al calentamiento global y a la desforestación. Todo este sistema de contar publicaciones como medio de evaluar la excelencia investigadora es pernicioso y completamente absurdo. Si un niño de 12 años escribiera ‘Creo q Enid Blyton ez megor que Emily Bronte por qué escrivió muchos más livros’ se podría, con razón, excusar la ortografía como indicador de la estupidez de la mente que produjo ese contenido. Lo que ahora tenemos en la academia es una situación donde hombres y mujeres inteligentes se prostituyen a sí mismos en aras a un ideal en el que ninguna persona inteligente podría creer. Resumiendo: viven una mentira.

Estaba viviendo una mentira que finalmente puso fin a mi época de profesor. Un día, en 1999, me levanté y me miré en el espejo y admití que no podía seguir haciendo más este trabajo. Dimití; y desde el día que lo hice, aunque las cosas fueron difíciles, no volví a experimentar esas sensación de desperdicio e inutilidad que experimenté trabajando para la universidad Británica. Los avatares del destino quisieron que hoy viva solo a unos pocos cientos de metros de la institución en la que trabajé. Algunas veces, cuando paso por delante veo a la gente con la que trabajé y parecen más viejos. Vivir una mentira te hace envejecer.

¿Qué nos depara el futuro? Más de lo mismo, me temo, porque hay pocos indicios de que el gobierno haya reconocido el daño que ha hecho a las universidades. Tanto alumnos como profesores han sufrido bajo su este nuevo igualitarismo. Los profesores se enfrentan con una profesión que es estresante, burocrática, y, a medio plazo, con grandes inseguridades y bajos salarios que sólo mejoran lentamente con el paso de los años. A eso hay que añadir una montaña de facturas acumuladas en el camino de convertirse en profesor y el trabajo duro necesario para llegar hasta allí. Juntando todo esto, la profesión no resulta nada atractiva para cualquiera con un poco de sentido común. Dado que los británicos están, en general, bien dotados de sentido común, el resultado es que los más jóvenes e inteligentes de las nuevas generaciones ya no quieren ser profesores. El hecho de que no haya crisis de escasez de personal se debe a que las universidades están tirando del flujo de inmigrantes para ocupar las vacantes. Aunque algunas de estas personas son muy capaces, el nivel de lenguaje y la capacidad comunicativa es por lo general peor que las de los hablantes nativos. Por lo que los efectos en la enseñanza pueden ser malos.

Lo que nos lleva a los alumnos – los supuestos beneficiarios del nuevo igualitarismo. Para ellos, el nuevo sistema ha traído deuda e inflación en la titulación, dado que las nuevas titulaciones no son equivalentes a las de antes de 1990 si comparamos las capacidades y el aprendizaje. Pagan más por menos calidad de la que recibieron sus padres y madres y tienen poco contacto con los profesores porque éstos están demasiado ocupados rellenando formularios y buscando subvenciones. Esta es la Revolución Cultural del nuevo siglo y ha dejado la misma desolación tras de sí.”

Puedo confirmar que la universidad española está siguiendo desde hace años la misma dirección. 🙁

Share
  1. Interesante observación Fi. Habría que preguntárselo al autor. En cualquier caso, yo te voy a exponer mi punto de vista.

    El que un país tenga un buen nivel educativo no necesariamente se traduce en que sea un país desarrollado. Entre otras cosas, porque el desarrollo del nivel de un país depende de cómo sea gobernado, y esto no depende sólo de la educación, sino de muchas otras cosas (política económica, por ejemplo), que en muchas ocasiones se basan en una ideología del partido o persona gobernante. De hecho, lo que está pasando es que esas personas de países menos desarrollados salen mejor preparadas y van a otros como EE.UU. no a “robar” trabajos, creo yo, sino a buscar oportunidades que no tienen en sus países de origen, entre otras cosas porque no hay salida para esa preparación. De hecho es muy común ver nombres hindúes, chinos, etc. publicando como “publicaciones estadounidenses”, siendo estudiantes becados de países extranjeros.

    Respecto a la universidad de “raza pura y elistista” habría que ver a qué elitismo te refieres. Existen 2: uno es el elitismo económico (que es lo que va a suceder de ahora en adelante), en el que los que más dinero tienen serán los que puedan pagarse un título.

    El otro elitismo es el intelectual. Y es curioso, ya que existen escuelas elitistas de alto rendimiento deportivo, y todo el mundo las tolera bien. Pero si es rendimiento intelectual parece que eso molesta. Es mejor que se baje el nivel y que se regale el título, para que “todos podamos tener uno”. En mi opinión eso degrada la validez del mismo. Pero los títulos no se hicieron para eso. Lo del elitismo es una “proyección mental” que les damos nosotros. Los títulos se expenden para certificar que alguien ha adquirido unos conocimientos. “Regalar” un título significaría que éste ya no tiene sentido ni validez. No probarían nada, y estoy seguro de que muchas personas ya han notado la gran cantidad de “titulados” con bajo nivel que hay por doquier.

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  2. Si señor, el nivel de las universidades en el mundo desarrollado es penoso comparado con las de el países en vías de desarrollo como Brasil … pero … esto … ¿ por que teniendo un gran sistema educativo resulta que no son desarrollados ? Sea como sea, tiene razón; están mejor preparados. Pero claro, estos inmigrantes que vienen a ocupar los puestos de profesor, como no hablan bien ingles (en eso están muy mal preparados), que se vuelvan a sus países y no se dediquen a robar trabajos … el artículo de alguien que no fue capaz de adaptarse a los cambios. Eso es todo, la defensa de una universidad de raza pura y elitista.

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  3. Buenoooooo, la de trapos sucios que tenemos todos de nuestras universidades… Al final, el tema de Bolonia es sólo una vuelta de tuerca más (muy gorda, cierto es), pero el declive ya viene desde hace largo tiempo. Los títulos pueden durar 4 ó 5 años, y llamarse licenciatura o grado. Pero lo verdaderamente dañino es la senda decadente que ha tomado La Universidad desde hace largo tiempo, pasando de convertirse en un lugar de creación de cultura y conocimiento a un instrumento usado por los políticos para ganar votos, y sólo para eso: “Yo haré que todos vuestros hijos puedan ir a la universidad. Y si no tienen cabeza para sacarse la carrera no os preocupéis, rebajaremos los niveles educativos. Pero para eso me tenéis que votar”. Evidentemente, nunca se dijo así, pero lo que valen son los hechos, no las palabras. Lo que ha venido pasando, todos lo sabemos.

    Supongo que tienes mi email (como administrador del blog). Si quieres cambiar impresiones, escríbeme. De todas formas, también aparezco por el foro de la AAIC, aunque participo poco, pero leo mucho.

    Saludos.

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  4. ¡Caray Eddie! 😯 La verdad es que me dejas sin palabras. Yo conozco “asuntos internos” de la universidad donde estudié, pero que, evidentemente no voy a revelar.

    Si algún día doy clases en la universidad (que me gustaría) sería como profesor asociado. Pero dudo mucho que lo haga en España. Las cosas tienen que cambiar mucho.

    Lo que más me fastidia es que con Bolonia, iba a venir una supuesta “reforma” que podría haber modernizado la universidad de verdad y al final lo que han hecho es imitar a Reino Unido, aprovechando las corporaciones para meter el rejo y sacar más dinero. En fin, una pena… 🙁

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  5. Coincido al 100% con el autor y con el comentario final de Boriel. Es más, al leer el artículo me he sentido retratado de principio a fin. Yo también he seguido exactamente el mismo proceso, aunque con un desfase de varios años. Fui profesor de universidad durante 8 años, impartiendo clase a Ing. Informáticos. Vi degradarse el sistema en la misma forma en que se relata aquí. Al final, asqueado, me preparé oposiciones de informática para mi comunidad autónoma. Ahora soy funcionario, vivo mejor, y siento que mi trabajo sirve para algo. Bueno, he vuelto a la universidad como profesor asociado (a tiempo parcial), pero mi situación es incomparable a como era antes. Ahora no investigo y si me quieren tocar las narices saben perfectamente que me voy. Para la mierda que pagan no voy a tragar sapos. Estoy porque es una forma de rentabilizar los conocimientos adquiridos durante largos años de docencia, y porque ahora doy la docencia como a mi me gusta, sin presiones. Pero cuando me cuentan las películas de Bolonia, la calidad de la docencia y todo lo demás me da la risa. Por suerte, yo me lo puedo permitir, ya que mi trabajo de funcionario me cubre bien las espaldas. Pero lo siento por mis compañeros de la universidad (profesores), pues muchos de ellos comparten también esta visión de la institución.

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  6. Gracias bsvazquez. ¡Cuánto tiempo!
    Yo también tengo esa misma sensación de decepción y desasosiego.

    Tardé bastantes años en sacar la carrera, y ahora creo que la sacaría año por año y sin estudiar. Las prácticas son mucho más fáciles (tal y como relata el artículo), y en definitiva todo se rige por el dinero. 😕

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  7. Qué razón tienes…

    Personalmente me siento un tanto decepcionado con todo esto, y parece que aún puedo dar gracias de haber empezado la carrera hace 6 años y no pretender empezar ahora…

    Estando en 5º de carrera, veíamos como los primeros cursos no se parecían en nada a lo que nosotros habíamos hecho.. y por lo que parece esa es la tendencia… y sinceramente… me entristece. Tampoco es que haya vivido la ‘época dorada’ de la Universidad, pero sí que estoy algo desencantado con lo que debería ser y con lo que está acabando por ser..

    En fin, un buen artículo que cuando menos da que pensar.

    Un abrazo.

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  8. Gracias, LanderTaker. En cualquier caso, nunca es tarde, pero eso sí, creo que no va a ser cómo antes. Puede que te decepcione. 😐

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0

  9. Superinteresante artículo ha escrito Mark Tarver.

    Y tengo la misma opinión que tú, Boriel, al respecto.

    Yo me considero una víctima de la mala praxis de toda esta gente. Eso sí, no me he rendido.

    ¡Un saludo, Boriel!

    Like or Dislike: Thumb up 0 Thumb down 0